Vacío

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Era una noche gélida de enero. Sin embargo, le vino a la cabeza aquella tarde de agosto de cuando tenía dieciséis años. Una tarde calurosa y silenciosa. Sentado en una piedra observaba como el perro iba y venía por la pradera. Las vacas se habían ido a casa hacía rato. El sol se escondía, tímido, detrás de la colina. Llamó al perro y puso rumbo a casa. Todavía quedaban un par de horas de luz, pero la hora de la cena estaba próxima. Le vino a la mente las primeras casas del lugar, con puertas y ventanas abiertas dando paso al fresco del anochecer, dejando salir el olor a cena. Los perros ni se molestaron el ladrarle, fatigados de aquel día infernal, buscaban un hueco donde acomodarse para pasar la noche frescos. No vio a ningún vecino, sin embargo, se respiraba vida.
Ahora pensaba en esta mañana, dónde había intentado llegar a aquella misma piedra en la que se sentara aquella tarde. Subió por el camino, embarrado. Poco más pudo avanzar que hasta la última casa del lugar. Todo estaba lleno de zarzas, tejidas entre sí, como una telaraña que había atrapado todo. No había perros y las casas estaban cerradas, con puertas y ventanas llenas de moho y verdín. No vio a nadie. Porque no había nadie.
Los síntomas eran claros. Lo que estaba viendo, era inequívoco. Su historia se había empezado a morir. La memoria de su pasado estaba condenada al olvido. No quedaba nada, sino lamentarse y llorar. Aun así, sabedor de que, por mucha llorera que soltase, ese vacío ya no se llenaría nunca más.

Enero 2026   ©Arcadio Mallo

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