La chica callada

Acarició suavemente su piel lechosa, con un blanco sepulcral. Mismamente parecía sacada de un convento. Le apartó el pelo de la cara, y absorvido por aquellos ojos mágicos, la besó por enésima vez aquella noche. Sabía de sobra lo que era estar enamorado, pero aquella mujer tan misteriosa, lo hacía sentir por encima del enamoramiento. La había amado una otra vez, con el impetu del miedo que el amanecer se la llevara. Un sentimiento correspondido por aquella joven callada, tímida a primera vista que luego resultaba ser envolvente. Mismamente él, si no la conociese, pensaría que podría tratarse de un vampiro insaciable, tan dado como era a las historias de ultratumba y de misterio. Y ella, con quién había crecido desde el parvulario, no dejaba de ser una caja de sorpresas.

Siempre fue la chica callada de la clase, la introvertida, la que no formaba parte de grupo de amigos al que se apuntaba la mayoría. Con fama de antisocial y negada a hacer las cosas porque sí, vivía su vida de forma reservada y sin compartirla con los demás. Cumplía con sus obligaciones, eso sí, y era buena estudiante. En la adolescencia, había desaparecido, sin que nadie tuviese la certeza de su destino. Y esta noche, de casualidad, la había encontrado en un pub de la calle y casi no la había reconocido.

Una vez dado cuenta de quién era, la saludó por cortesía y de pasada, deteniéndose a interesarse por su vida de forma inexplicable hasta para él mismo. Y descubrió a alguién que realmente no conocía. O el tiempo la había cambiado y la vida la había obligado a madurar, o muy engañados los tenía. La conversación se dilató, entre copa y copa, y sin saber todavía como, se estaban besando como si no hubiese mañana, en plena calle.

Y terminaron al amanecer, después de una noche de pasión inimaginable, cuando el se moría de un ataque al corazón. Y mientras notaba como si alguien estuviera estrujándole el pecho, se daba cuenta de que la bella mujer no era más que el reflejo de la muerte, el disfraz perfecto para engañarlo y evitar que la esquivase, la ilusión dulce que le afianzaba el camino a su guadaña. Y justo antes detenerse para siempre, lamentó que toda aquella noche fuera una ficción, al fin y al cabo, él, había estado siempre enamorado de la chica callada de la clase, y nunca había tenido agallas para contárselo.

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