Debacle

Viendo aquella casa sin tejado le costaba trabajo imaginar las historias del abuelo, que tan feliz parecía haber sido allí. Viendo los huecos de las ventanas a medio caer, no entablaba la dimensión de aquellas ventanas de cuarterón que tantas veces había descrito el viejo, de madera de castaño y pintadas de azul cielo. La puerta era difícil de imaginar, pues la planta baja estaba ahogada en el zarzal que se había ido tejiendo alrededor de aquellas paredes de piedra, viejas y cansadas, cargadas de tantas historias condenadas al olvido.

«Igual no ha sido tan buena idea venir» se dijo. Y quizás sus palabras no fueran del todo equivocadas. Al fin y al cabo, lo que había emprendido era un viaje en busca de si mismo y, aunque pensaba que sus raíces podían ser el punto de partida, rapidamente comprendió que aquello era totalmente ajeno a él. Aquella era la vida de su abuelo, la historia de un pueblo abandonado, condenado a morir en la soledad del olvido sin que alguien sintiese la más mínima de las penas.

Y que equivocado estaba. Allí, entre aquel zarzal había empezado su historia como persona. Y, años más tarde, comprendería que el estado en el que se encontraba la vieja casa, fuente de vida de la familia, perfectamente podía explicar la debacle a la que le había sumido la vida y el tiempo. Al fin y al cabo, renunciar a tu pasado es asesinar parte de tu identidad.

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